VENECIA TRIDIMENSIONAL


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Venecia, más allá del sueño

Da igual que sea la primera o la enésima vez que se recorre, esta ciudad de belleza indolente nunca deja de parecer un sueño.

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Fotografías: Luis Davilla | Texto: Javier Mazorra

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Actualizado miércoles 02/02/2011 19:34 horas

 

Si no fuese por la presencia de naves con motor y de algún puente caído del cielo, como el de Santiago Calatrava, no sería difícil imaginar al adentrarse en el Gran Canal que hemos hecho un viaje en el tiempo y formamos parte de uno de los muchos cuadros que Guardi o Canalletto pintaron de esa Venecia espléndida, destino predilecto de tantos viajeros en el siglo XVIII.

No se tarda en descubrir el Palazzo Vendramin o la delicada Ca’D’Oro en el de Cannaregio, mientras que justo en frente, surgen joyas como la Ca’Pesaro o el Palazzo Corner della Regina. Tienen estilos diferentes, varios siglos los separan pero nada desentona en esta inusitada escenografía lacustre que todavía permanece extrañamente viva.

Y, de pronto, surge ese Ponte Rialto, uno de los grandes iconos del turismo. Más allá nos asalta la fachada del Palacio Loredan, entrevemos la iglesia de San Silvestre y ya hemos entrado en el sestiere de San Marco, el corazón de esta poderosa República, la puerta de Oriente en Occidente.

Piazza de San Marco

Los palacios que se asoman a uno y otro lado del Gran Canal son ahora más opulentos y espléndidos. Algunos albergan museos, otros se han convertido en salas de exposiciones, como el Palazzo Grassi. Y justo en frente, en lo que se conoce como Dorsoduro, aparece la Accademia, una de las escuelas de bellas artes más carismáticas del mundo hoy convertida en museo.

Más adelante, entrevemos el palacio que alberga una parte de la colección de Peggy Gugenheim y ya a punto de entrar en la Laguna, nos seducen a mano derecha las elegantes moles de Santa Maria della Salute y la Dogano di Mare. En frente, omnipotente, nos deslumbra la Piazza de San Marco donde aún resplandecen los símbolos de poder de esta antigua República: el Palazzo Ducale, la Catedral repleta de mosaicos llegados de Costantinopla, el altivo Campanile, pero también el Café Florian, donde se repiten cada día los ritos de todo erudito viajero que desee seguir la huella de sus ilustres antepasados

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