La balanza egipcia parece definitivamente decantada.


Un portavoz militar anunció anoche que el Ejército considera “legítimas” las reivindicaciones populares y que no reprimirá la revuelta.

Muy significativamente, la declaración fue ayer emitida por la televisión oficial de Egipto en vísperas de las manifestaciones masivas previstas para hoy en El Cairo y Alejandría en las que se espera que más de un millón de personas exijan en la calle la dimisión del presidente Hosni Mubarak .

El fin del faraón podría estar muy próximo. Con Internet inhabilitado desde hace cinco días, Facebook y Twitter , las herramientas que sirvieron para convocar las primeras protestas, y el anuncio del ministro de información de que en las próximas horas cortarán las redes móviles, ha dejado paso a medios menos sofisticados.

Durante todo el día de ayer, los jóvenes recorrieron con megáfonos la plaza de la Libertad, el simbólico epicentro de la revolución, llamando a la gente a acudir hoy a la gran protesta cuando se cumple la primera semana de revuelta.

“Abajo Mubarak, todos contra Mubarak”, gritaba una muchacha a través del altavoz.

“Pueblo egipcio, únete a nosotros, no dejes que te callen”, se desgañitaba.

    Nacimiento: 04-05-1928   Lugar:  Kufr el-Musailaha
    Nacimiento:  1942
    Lugar:
    Egipto

    Egipto A FONDO  Capital: El Cairo. Gobierno: República.

    Población: 81,713,52 (est. 2008)

Los convocantes de la protesta seguían con su revolución sin ocuparse demasiado de lo que ocurría en los despachos, donde la clase política egipcia intentaba ponerse de acuerdo sobre cómo encarrilar una transición que depende de que elfaraón Hosni Mubarak abandone su trono .

“Son los jóvenes los que siguen liderando este movimiento”, explicaban algunos de los representantes del movimiento opositor Ghad, dirigido por Ayman Nour.

“Estamos unificándonos en un frente común”, decía un dirigente del grupo disidente Wafd.

“No es el momento de estar pendientes de quién liderará el cambio de Gobierno”, afirmaba Mohamed Waget, líder de los socialistas revolucionarios.

“Aún permanecen divididos y es necesario que primero se pongan de acuerdo entre ellos.

Nosotros lo único que queremos es ver al mayor número de gente en las calles”. Para lograrlo, señalaba que la línea telefónica fija y los móviles, que siguen dando problemas, han sido los transmisores principales.

Ante ello, Google anunciaba esta madrugada (hora española) que ha desarrollado una herramienta para que los ciudadanos puedan tuitear pese a la interrupción de las comunicaciones móviles e Internet.

La compañía, explica, ha puesto a disposición de los usuarios tres teléfonos internacionales en los que pueden dejar un mensaje de voz y el servicio instantáneamente tuitea el mensaje con el tema #egypt.

Los tres números para llamar son +16504194196 o +390662207294 y +9731699855.

El día comenzaba ayer con una convocatoria de huelga de transportes que dejaba sin acceso a la capital a quienes se acercan desde las poblaciones del valle del Nilo.

Tampoco daba mucha confianza a los manifestantes que permanecían al anochecer en los jardines de la plaza el regreso de la policía a las calles.

“Muchos de nosotros hemos decidido pasar aquí la noche, en previsión de que mañana intenten impedírnoslo”, aseguraba Mahmud que, con su padre y sus dos hermanos acarreaba mantas, comida y agua.

Tanto los políticos como la sociedad civil esperan repetir hoy el éxito de participación que las protestas han tenido desde que hace una semana estalló una revuelta que quiere llevarse por delante 30 años de dictadura.

“La marcha del millón”, explica Waget, “es nuestro objetivo”. “Queremos la derrota del sistema”, abundaba Jaled Abo Aeda, líder sindical independiente.

“Y para eso vamos a conseguir que todos estén en la calle”.

El descontento de la población, que empieza a sufrir los efectos del desabastecimiento, puede incidir en el resultado de la convocatoria.

No hay dinero en los cajeros automáticos y, previsiblemente, millones de funcionarios y jubilados no van a poder cobrar sus salarios y pensiones.

Tampoco ayuda el hecho de que comprar pan, la base de la alimentación del pueblo egipcio, empiece a resultar una complicada aventura.

A primera hora de la mañana de ayer, un anciano cargado con un enorme cesto de hogazas era abducido por una multitud que se llevaba las tortas de pan de veinte en veinte, sin escuchar las súplicas del vendedor para hacer un reparto más equitativo de la mercancía.

“Ya queda cada vez menos. Si no lo conseguimos este martes [por hoy] lo haremos el viernes.

Saldremos todos los días hasta que acabemos con el régimen de Hosni Mubarak”, concluye el socialista radical Waget.

El vicepresidente de Egipto, Omar Suleiman , afirmó ayer que Mubarak le ha pedido iniciar un diálogo con todos los partidos políticos sobre las demandas de los manifestantes que piden reformas constitucionales y legislativas.

Protestas “legítimas”

Desde el estallido del movimiento popular contra la dictadura, las esperanzas de los egipcios se depositaron en el Ejército.

Los militares son queridos por la gente y claramente cortejados por la incipiente plataforma política de oposición.

También constituyen, sin embargo, la columna vertebral del régimen: el presidente Mubarak es un hombre del Ejército, como lo fueron los dos anteriores presidentes, Nasser y Sadat, y como lo son el nuevo vicepresidente, Omar Suleimán, y el nuevo primer ministro, Ahmed Shafik.

Esa ambivalencia explica la extraña pasividad y la difícil neutralidad mantenida hasta ahora por la institución.

El Ejército egipcio es a la vez poderoso e impotente. En una situación de suspenso, como la que vive el país desde el colapso policial del viernes, los militares son percibidos como la fuerza capaz de decantar los acontecimientos a favor del régimen o a favor de la democratización.

Pero, por más que la población respete a los militares, resulta evidente que el fracaso de Mubarak es también su fracaso.

Cuesta imaginar un gesto de la cúpula militar contra Mubarak, el héroe de la guerra de 1973, si éste no decide por fin dejar el poder: el riesgo de división en el propio Ejército sería alto y una crisis interna entre los militares tendría efectos devastadores.

La señal emitida anoche fue la más clara hasta ahora. No incluía crítica alguna hacia Mubarak ni sugería la necesidad de que dimitiera.

Sin embargo, daba un espaldarazo a la protesta contra el presidente: “Vuestras fuerzas armadas, muy conscientes de la legitimidad de vuestras demandas, están dispuestas a asumir su responsabilidad respecto a la seguridad de la nación y sus ciudadanos y afirman que la libertad de expresión pacífica está garantizada para todos”. A continuación, se instaba a la población a evitar la violencia y los saqueos.

Si algún egipcio temía aún que participar en las marchas de hoy entrañara el riesgo de choques violentísimos como los registrados el viernes entre la policía y los manifestantes, pudo quedarse tranquilo. La declaración militar se interpretó como una invitación a salir a la calle para exigir el fin de Mubarak.

A nivel muy distinto, el comunicado coincidía en su espíritu con unas palabras pronunciadas por la mañana por el comandante de una unidad de blindados estacionada en el centro de El Cairo. El comandante comentó, a título personal, que los mandos militares eran “muy conscientes” de lo que ocurría.

“Como la mayoría de mis compañeros, he estudiado en una academia militar estadounidense y hablo inglés, veo televisión y leo prensa del extranjero, sé lo que el mundo espera de Egipto y de nosotros y tengo mis propias opiniones”, dijo.

Puede suponerse que ese comandante y el conjunto de los mandos, incluyendo la veterana cúpula, conocían sus limitaciones.

El profesor Ibrahim Awad, de la Universidad Americana de El Cairo, subrayó esas limitaciones: “Egipto es un país demasiado complejo como para que el Ejército desee hacerse con el poder”.

“Una de las razones del fracaso de Mubarak y su régimen es precisamente que se ha gobernado con un simplismo militar y eso ya no es viable”, dijo Awad.

La liberalización de la economía egipcia y su engranaje con la economía global ha creado riqueza, pero el corsé político y social de la dictadura ha hecho que esa riqueza quedara en manos de muy pocos y agravara las desigualdades y la corrupción.

La democratización, según Awad, solo sería posible “mediante un gran pacto civil al margen del Ejército”.

Desde que estalló el movimiento revolucionario, hace una semana, el Ejército ha jugado con dos barajas.

Se ha atenido a las reglas de un régimen que es el suyo, sus jefes han obedecido respetuosamente a Mubarak, ha ordenado toques de queda, ha protegido desde que desapareció la policía las sedes gubernamentales.

Y a la vez ha hecho guiños a la revuelta, se ha coordinado con los manifestantes (ayer los soldados trabajaban codo con codo con los organizadores de la protesta en la plaza de la Libertad), no ha hecho esfuerzo alguno por imponer el toque de queda y ha gozado con la devoción que demuestra la gente.

Ese equilibrismo no podía durar indefinidamente. Era muy difícil mantenerlo ante la jornada crucial de hoy.

Al garantizar los derechos de los manifestantes y calificar de “legítimas” sus reivindicaciones, es decir, la exigencia de la dimisión de Mubarak, el Ejército se puso en cierta forma del lado de los manifestantes.

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